Siempre me ha parecido que la infancia viene determinada por la dimensión que adquieren los elementos y los sentimientos, y por las transiciones entre unos tamaños y otros. Pongamos como ejemplo un programa de televisión, un beso, el tiempo, el agua, la magia, la familia, el cuerpo o la habitación… todo tiende a menguar o a desarrollarse según pasan los años. Y no sólo cambian de tamaño, también varían su posición en el tablero. La definición de la palabra dimensión habla de “cada una de las magnitudes que fijan la posición de un punto en un espacio”. En un espacio físico y en un espacio temporal. Cada vez que uno de esos puntos cambia de lugar, el niño entra en conflicto consigo mismo y con quienes le rodean. Supongo que a esto lo llamamos crecer.

Esta reflexión desembocó en una serie de fotografías que exploran con curiosidad la infancia, la mía propia a través de otros ojos, y juegan a involucrarse con el paisaje, a medirse con los elementos, con la luz, a intentar permanecer por unos instantes entre esos dos mundos, la infancia y lo que viene después, separados por una frontera líquida. Cruzar esa frontera es regresar a un universo donde los adultos apenas podemos permanecer fracciones de segundo. Ni siquiera. Luego el líquido nos expulsa porque detecta que somos intrusos. El anhelo fue registrar esas fracciones de segundo en unas pocas imágenes.

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